La cuestión se está debatiendo, por supuesto, en todas partes desde el punto de vista de la Gran Bretaña, y en ninguna parte con más entusiasmo que entre aquellos que tienen a su cargo la labor policial y la protección armada.
Pero aquí no nos ocupan los malos efectos que semejante situación debe de acarrear para la Gran Bretaña —efectos tan malos que el experimento como mero Protectorado británico está destinado al fracaso—, sino que más bien nos concierne el efecto que pueda tener sobre los propios judíos.
Ninguna gran nación sacrificará su política exterior, ni admitirá un punto de aguda vulnerabilidad, simplemente para complacer a los judíos. Tarde o temprano, una nación así se verá obligada a decir: «Nosotros no podemos sacrificar nuestros intereses por los vuestros. Valéios por vosotros mismos».
Y es ahí donde radica el peligro que este sistema, un protectorado, entraña para los judíos.
Si hubiera alguna razón para suponer una alianza natural entre el ejército británico y los judíos; si pudiéramos imaginar que los oficiales y soldados británicos sintieran un placer natural al desplazar al árabe y abrirle paso al judío, la cuestión sería muy distinta. Si hubiera algo en la naturaleza de las cosas que hiciera que esa alianza fuera permanente y estable, si los judíos fueran una parte plenamente aceptada de la Mancomunidad Británica como lo son, por ejemplo, los escoceses o los galeses, algún tipo de arreglo permanente sería posible.