Digo que este segundo hecho es mucho más importante porque es el más real y el más duradero. Nunca harás comunista al europeo occidental, altamente civilizado, tenaz, inteligente y dotado de sentido del humor. No lograrás hacer de él un comunista como tampoco conseguirás que camine a gatas o que renuncie para siempre al buencohorte de los licores.
Puedes lograr que los maniáticos de la clase media acepten el comunismo como un mero credo, y por supuesto puedes conseguir fácilmente que hombres exasperados, aplastados por el capitalismo, acepten cualquier teoría, cualquier sistema que les prometa un alivio.
Pero no lograrás que el comunismo funcione en hombres que ostentan la vieja sangre europea, en los descendientes de aquellos que crearon nuestro pasado y sus monumentos. Ellos sin duda preservarán sus tradiciones y su carácter. Aunque hay que combatir el peligro, y se le está combatiendo con éxito en todas partes, no se trata de un peligro de gran magnitud para Occidente.
El otro efecto de la revolución judía en Rusia —el peligro en el que ha colocado a los judíos mismos— es permanente y es de primer orden. No conozco otra forma de afrontarlo sino explicando por qué esa revolución fue casi necesariamente una revolución judía, enfatizando la sinceridad de los judíos que la han dirigido, exculpándolos en la medida de lo posible y, en cualquier caso, protegiendo a sus desafortunados compatriotas en el extranjero de las consecuencias de lo que fue ciertamente una muy mala táctica en lo que al futuro de este pueblo se refería.
Debemos, según creo, no abrigar una nueva y especial hostilidad contra el judío a causa de lo que ha hecho en Rusia, sino, por el contrario, disculparlo, especialmente porque es judío. Debemos, según me parece, decir: > "Tenía razones para actuar y excusas para actuar que los hombres de nuestra raza no habrían tenido, y