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Capítulo V Las causas especiales de fricción

Mancomunidad, se considera a sí mismo en todo momento como nuestro superior. Pero, por su parte, el judío debe reconocer, por muy desagradable que le sea tal reconocimiento, que aquellos entre los quienes vive y cuya inferioridad da por sentada, por su parte lo consideran algo mucho menor que ellos mismos.

Esa afirmación, bien lo sé, resultará tan pasmosa para el judío como su inversa nos resulta pasmosa a nosotros. Parecerá tan extraordinaria, tan increíble y todo lo demás; pero es verdad, y es una verdad permanente.

A menos que los judíos reconozcan esa verdad, el problema continuará indefinidamente. No hay europeo tan desdichado en su fortuna ni tan vil en su carácter que no se sienta superior a cualquier judío, por muy rico, muy poderoso y (temo tener que añadir) muy bueno que sea.

Es verdad que la virtud posee una superioridad propia que no puede ocultarse, y el europeo cruel, traicionero o libertino no puede evitar sentirse moralmente inferior a un judío que sea justo, dueño de sí mismo, misericordioso, generoso y todo lo demás. Pero ya sabemos cómo son los sentimientos nacionales. El estereotipo pesa más para nosotros que el individuo; y aunque podamos reconocer ciertas características superiores en el individuo, estamos pensando todo el tiempo en la raza, en la forma comunitaria, y contrastamos la nuestra con la forma ajena en detrimento de esta última.

Tan difícil le es al judío valorar este factor en el problema que su falta de apreciación ha sido una causa de dificultad en el pasado casi tan grande como esa misma falta de nuestra parte. Le parecemos insolentes cuando, a nuestros propios ojos, simplemente estamos actuando con normalidad como superiores.

¿Qué emoción no crea, me pregunto, en algún mercader o cambista judío que ha comprado un alto puesto directivo en nuestra plutocracia

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