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nydus/The JewsPublic
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Capítulo II La negación del problema

No se puòde tratar al mismo tiempo a un todo como una sola cosa y a sus partes componentes como a otra. Si lo hace, estará construyendo sobre la contradicción y, como todo el que construye sobre la contradicción, se tropezará con el desastre.


Se me ocurre contarle al lector otra anécdota (cuidando una vez más, eso espero, de omitir todo nombre y fecha para evitar identificaciones, lo cual podría irritar a mis lectores judíos o despertar demasiado interés en sus contradictores). En mi juventud, mi pasatiempo constante era rondar el estrado de la Cámara de los Lores y escuchar lo que allí se hablaba.

Siempre recordaré una ocasión en que un anciano judío, que había comenzado la vida en circunstancias muy humildes, había acumulado una gran fortuna y había comprado su título nobiliario como cualquier otro, se levantó para hablar en relación con una moción o con un proyecto de ley sobre los «extranjeros» —la hipocresía del político y la efervescencia popular contra la avalancha de inmigrantes judíos hacia el East End dieron lugar conjuntamente a ese nombre ambiguo.

Este viejo caballero se desvió muy acertadamente de toda esa patraña. Sabía perfectamente que la política estaba dirigida contra «su gente» —y los llamó «mi gente». Sabía perfectamente que el cambio propuesto introduciría interferencias en sus desplazamientos y los sometería a humillaciones.

Habló con ardiente patriotismo, y yo quedé cautivado por la intensidad, el vigor y la sinceridad de su llamamiento. Fue una magnífica actuación y, a propósito (¡teniendo en cuenta quién era el hombre!), ilustró la enorme diferencia entre su pueblo y el mío. Pues una vida dedicada a acumular riqueza, que habría matado los instintos más nobles en cualquiera de nosotros, a él le había parecido evidentemente de lo más normal y lo había dejado con todos los apetitos de la justicia y del amor a la patria intactos.

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