El contraste se vio muy claramente en el caso Dreyfus, cuando el viejo tipo de extremista aún era fuerte. No quería mirar las pruebas en contra de Dreyfus, no quería, de poder evitarlo, mencionar su raza. Todo lo que sabía era que Dreyfus era, y debía ser por la naturaleza misma de las cosas, inocente, y que todos los diversos hombres que testificaban en su contra eran conspiradores malvados.
El nuevo tipo de extremista, que entonces iba en aumento y aún no era dueño de la situación, no quería escuchar las contundentes pruebas a favor de Dreyfus, se negaba a reexaminar el caso después de que el testigo principal hubiera sido hallado culpable de falsificación, daba por sentado que Dreyfus era necesariamente culpable y estaba convencido de que todos sus partidarios eran incautos o canallas.
El mero hecho de que los judíos existan, por no hablar de que sean poderosos, le envenena la vida a un hombre así. Su entusiasmo desmedido lo arrastra a cometer los errores más ridículos.
En este país, cualquier apellido de origen alemán le sugiere inmediatamente a un tipo así la presencia de un judío. Toda operación financiera, especialmente si es de dudosa moralidad, sin duda debe de tener a un judío detrás; dondequiera que varios socios, judíos y no judíos, participen en algún chanchullo (como, por ejemplo, en uno de nuestros innumerables escándalos parlamentarios), un judío siempre ha de ser, para esta clase de persona, el instigador y el genio maligno de todo el asunto.
Como ocurre con cualquier otra manía, esta oscurece rápidamente la visión general de su víctima. Sus prejuicios pierden pronto toda proporción. Llega a ver al judío en todo y en todas partes, y a aceptar con confianza proposiciones que él mismo vería que son contradictorias, si pudiera dedicar un momento de tranquila reflexión al asunto.