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Capítulo II La negación del problema

«judío» nunca se pronunció sin rodeos; fue reemplazada por la palabra «minoría», pero la intención era obvia. La implicación subyacente era: «Nosotros, los gobiernos occidentales, decimos que no hay ningún problema judío. La idea de una nación judía es una ilusión y la concepción del judío como algo distinto de un polaco o un rumano es una manía. Si ustedes en el Oriente todavía viven en la oscuridad en este asunto, al menos impediremos que su ignorancia u obsesión los conduzca a la persecución». Los mismos hombres que hicieron estas declaraciones procedieron a erigir un flamante y sumamente diferenciado Estado judío en Palestina, con la amenaza velada de reprimir despiadadamente a una mayoría mediante el uso de las armas occidentales.

Ambas acciones fueron consecuencia de esa posición confusa que acabo de definir (la historia la llamará el último ejemplo), la cual, aunque muy debilitada en la opinión pública, seguía siendo honestamente dada por sentada por algunos de los parlamentarios que redactaron el Tratado, y sin duda se percibía como una ventaja personal para todos: la posición de que no existe una nación judía cuando su reconocimiento pueda incomodar al judío, pero sí una nación judía con creces cuando puede beneficiarle.

Los que defendieron esta postura lo hicieron desde diversos puntos de vista; pero todos estos pueden considerarse como otros tantos grados de una cierta manera de ver al pueblo judío. Fue hasta hace poco la actitud de la mayoría de los franceses, ingleses e italianos cultos. Era, por decirlo así, la actitud política oficial de la Europa occidental con sus gobiernos parlamentarios y otras instituciones correspondientes.

La forma más extrema de esta opinión se encontraba en las personas que hablaban del judío como nada más que un ciudadano con una religión particular.

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