indefinidamente en medio del vasto sufrimiento de sus víctimas. Los judíos han visto suceder eso en muchas nacionalidades pequeñas distintas a la suya. Han visto, sin duda, que la represión continuada que actúa en un atmósfera de rebelión igualmente continuada suele fracasar a la larga, pero deben admitir que el mantenimiento de dicha represión, con todos sus acompañamientos de tortura moral y física, confiscación, exilio y todo lo demás, ha sido a menudo una política largamente prolongada. En algunos casos se ha prolongado durante siglos.
No es cierto que, porque una política no tenga como objetivo un arreglo definitivo, no pueda llevarse a cabo y perseguirse con vigor. Sí puede.
Una y otra vez, una fuerza hostil ha intentado eliminar la oposición, o incluso el contraste, y eliminarla mediante todos los instrumentos, incluida la masacre misma. A veces, muy rara vez, lo ha conseguido. Por lo general, a la larga, ha fracasado. Pero en la gran mayoría de los casos, al menos ha continuado mucho después de que su fracaso fuera evidente.
Ese es el peligro que amenaza a partir del fenómeno que he examinado en este capítulo. Sería una locura por parte de los judíos ignorar ese fenómeno. Hoy es tan fuerte en número, en intensidad de convicción y en pasión, que amenaza todo su futuro inmediato en nuestra civilización.