sin duda libre de cambiar ese nombre de fantasía, del cual no es responsable, por cualquier otro que elija. Había una buena razón para que el Gobierno le impusiera un nombre. Solo así podía ser registrado y sus acciones rastreadas. Pero fue impuesto, y por lo tanto, para él, no es moralmente vinculante.
Todo esto es verdad, pero queda un elemento que no puede explicarse mediante tales pretextos. Hay en la experiencia de todos nosotros, una experiencia repetida indefinidamente, hombres que no tienen excusa alguna para usar un nombre falso, salvo la ventaja del engaño.
Hombres cuyo origen es universalmente conocido adoptarán sin rubor un nombre falso como máscara y, al cabo de un año o dos, pretenderán tomarlo como un insulto si su nombre original y verdadero es utilizado en su lugar. Este es particularmente el caso de las grandes familias financieras.
Algunos, en verdad, tienen el orgullo de mantener el patronímico original y se niegan a cambiarlo en ninguno de sus descendientes. Pero la gran masa de ellos oculta sus relaciones mutuas adoptando toda clase de títulos fantásticos, y no puede haber otro propósito en semejante proceder que el propósito del engaño.
Admito que es una forma de protección, y admito especialmente que en su origen pudo haber derivado principalmente de una necesidad de autoprotección. Pero sostengo que hoy en día la práctica no le hace más que daño al judío. Hay otras razas que han sufrido persecución, muchas de ellas, a lo largo y ancho del mundo, y no encontramos en ellas un hábito universal de este tipo.
Una vez más, ¿quién puede decir que llevar un nombre judío hoy en día, o al menos en el pasado inmediato, sea o haya sido una desventaja en el comercio en lo que respecta a las naciones occidentales? Y en cuanto a las