abierta y continua admisión en todas partes de que Israel es una nación aparte, no es, ni puede ser, de los nuestros, y no será confundida con nosotros mismos.
Existe una gran tentación de posponer las cosas, porque la agudeza del problema aún no se siente aquí, entre los acomodados, y más aún porque difiere según las distintas comunidades.
El peligro todavía nos parece muy lejano, aunque pueda estar a la puerta misma de nuestros vecinos.
La rutina, la herencia del pasado inmediato, la falsa seguridad producida por las convenciones de ese pasado, bien pueden tentar a quienes temen el esfuerzo de un cambio a eludir dicho cambio.
Pero le pediría a cualquier judío inteligente y reflexivo que todavía piense que puede confiar en la falsa posición del siglo XIX si acaso están hoy allí las mismas fuerzas para apoyarlo que las que existían entonces.
Tómese un ejemplo concreto. En Polonia y en Rumanía se ha impuesto temporalmente la vieja ficción por la fuerza.
El judío, que en ambos países se siente como algo más ajeno de lo que podría ser cualquier otro europeo extranjero, es impuesto al Gobierno y a la sociedad de cada país por los Gobiernos occidentales en calidad de ciudadano de pleno derecho.
La tensión aquí se agrava inmensamente porque no surgió de la naturaleza de la sociedad, sino de la acción de agentes externos; los Gobiernos inglés, francés y americano (pero en particular el americano y el inglés) han erigido en Europa Oriental este estado de cosas inestable, injusto y artificial.
No puede durar, porque es irreal.