poderosos) contener los sentimientos antijudíos en las naciones menores. Esto solo se logra mediante normas minuciosas que se obedecen imperfectamente y que en estas naciones más pequeñas se perciben como impuestas por una injerencia extranjera en sus derechos internos. La protección por parte de los gobiernos francés, inglés y estadounidense de lo que se denomina mediante un eufemismo «minorías nacionales» —lo que significa, por supuesto, en todas partes, los judíos— es un asunto peligroso y que solo puede llevarse a cabo de la manera más imperfecta aun tal como está. Pero el único fundamento para esa tarea, el único argumento al que apelan sus promotores, es el hecho de que la «minoría nacional» —es decir, los judíos presentes en una comunidad hostil— puede invocar el exilio universal.
Si los expulsáis para reprimirlos, solo pueden marchar a otro país. No tienen ninguno propio al que ir. O bien, si vuestro trato a los judíos es más duro que el de vuestro vecino, prácticamente estáis dirigiendo una emigración judía hacia las fronteras de vuestro vecino, y a eso vuestro vecino tiene derecho a oponerse.
Pero una vez que se establezca una sede judía independiente, este argumento se viene abajo. Ya no sirve entonces responder a estas naciones que el nuevo Estado judío no puede contener a toda la raza judía. Este responderá que no le concierne toda la raza judía, sino únicamente su propia sección de dicha raza.
Además, por supuesto, siempre será del interés de aquellos que desean librarse del elemento judío en su seno argumentar que el Estado judío podría estar más poblado y que hay espacio de sobra para más ciudadanos.