decirlo así, a otro apetito, por consiguiente ya no es valor: pensar así es confesar que uno es muy limitado.
Puedo dar testimonio personal de un sinfín de actos de valor que he visto realizar por judíos. No aludo a actos de valor en la guerra, de los cuales hay amplia prueba, sino a actos de una índole en la que nuestra raza no habría mostrado la misma cualidad o timbre de valor. Citaré un caso.
Hace poco más de veinte años, cuando la pasión por el caso Dreyfus estaba en su punto álgido y la del ejército francés en particular al rojo vivo, me encontraba en la ciudad de Nîmes, por la que en aquel momento pasaba un destacamento de tropas.
El café en el que estaba sentado se llenaba de jóvenes sargentos. Aparte de mí, apenas había civiles presentes.
Entró en el local un judío anciano, muy bajo de estatura, fuertemente marcado por los rasgos físicos de su raza, un judío inconfundible. Iba algo encorvado bajo el peso de los años, con ojos ardientes y una entonación de voz singularmente vibrante. Vendía pasquines de la especie más violenta, todos ellos insultos contra el ejército.
Entró en este café con las hojas en la mano para que todos pudieran ver las grandes letras mayúsculas de los titulares, y dio lentamente la vuelta a la concurrencia ofreciéndolas irónicamente a los muchachos de uniforme con el sable al costado, pues eran de caballería.
Todo el mundo conoce el carácter francés en tales ocasiones: un silencio absoluto que puede transformarse en cualquier momento en algo muy diferente.
Un sargento tras otro lo apartó amablemente y lo pasó de largo. Recorrió a todos ellos, mirándoles a los rostros con sus ojos penetrantes, luciendo todo el tiempo una sonrisa irónica de insulto, describiendo a intervalos la naturaleza de sus mercancías, y cuando hubo hecho eso, salió ileso.