La destrucción de esa barrera, el despojarnos del miedo en este asunto, es, como ocurre siempre en el ejercicio de esta cosa cobarde, una cuestión de esfuerzo individual. Como dice el refrán, «Alguien tiene que ponerle el cascabel al gato», lo que es otra forma de decir que si cada hombre espera a su prójimo, las cosas no harán más que empeorar.
Corresponde a cada uno en su lugar, antes de que sea demasiado tarde, abordar el problema judío y discutirlo abiertamente; preceder dicha discusión con un interés sincero y una expresión general sobre todas aquellas cosas de la minoría que conciernen directamente a sus relaciones con la mayoría; tratar a la nación judía exactamente como se haría con cualquier otra.
Solía ser un dogma entre quienes abogaban hace ya toda una vida por la crítica abierta de las Escrituras, que «la Biblia debe ser abordada como cualquier otro libro».2
El resultado no augura nada bueno para mi presente argumento y más bien temo el paralelismo; pero como la frase es bien conocida, la usaré como modelo. Ya es hora, digo, de dejar de tratar a la nación judía como algo cerrado, misterioso y secreto. Tratémosla «como a cualquier otra nación».
No es de extrañar que los hombres, movidos únicamente por un odio ciego, sientan cierta vacilación ante las consecuencias de ese odio. Pero estoy convencido de que si nosotros, por nuestra parte, nos libramos de este absurdo miedo moderno, tomamos al judío en sus justas proporciones, despejamos nuestra mente de toda exageración a su respecto —especialmente de la idea de cierta habilidad deshumana capaz de llevar a cabo un complot de ingenio y magnitud diabólicos—, seremos correspondidos desde la otra parte.