Cualquier legislación separatista debe surgir de manera natural a partir de una larga práctica y del pleno reconocimiento de los judíos como un pueblo separado, acompañando dicho reconocimiento con respeto. Si el avance se produce de nuestra parte, el judío puede rechazar tal acuerdo. Puede plantarse e insistir, como tantas otras clases privilegiadas han insistido antes que él, en que seguirá disfrutando de todo aquello de lo que siempre ha disfrutado, en que mantendrá su exigencia de una doble lealtad, en que insistirá en el reconocimiento más pleno como judío y, al mismo tiempo, en lo que resulta fatal para dicho reconocimiento, en el reconocimiento más pleno como miembro de nuestra propia comunidad.
Si él hace eso (y hay quienes nos dicen que sin duda lo hará, y que se negará a toda reforma), entonces la comunidad se verá obligada a legislar a pesar de él. Será peligroso para él y para nosotros; puede incluso ser el principio de graves problemas para ambos, pero será inevitable. Se manifestará en un cúmulo de legislación en toda Europa, que afectará a este país junto con el resto.
La situación actual no puede durar indefinidamente. Ya es incierta incluso aquí, en Inglaterra; ha alcanzado etapas más avanzadas en el camino hacia la ruina en otras partes. Pero si el judío ve el peligro a tiempo y comprende la naturaleza de ese cambio, cuyos inicios todos hemos presenciado y que avanza a un ritmo tan acelerado, entonces se pueden establecer relaciones de las cuales (más adelante) deberían derivarse normas formales, aceptables para ambas partes. Y en ese caso sería, lo repito, el más grave de los errores iniciar nuevas leyes positivas y un nuevo estatus antes de que se haya preparado un cimiento mediante el restablecimiento de relaciones honestas; y eso solo puede hacerse mediante una franca admisión de la realidad, mediante la