fundamental con las grandes familias italianas; es evidentemente cierto en el caso de las grandes familias alemanas y, a pesar de los grandes cambios del último siglo y medio, sigue siendo en gran parte cierto en el de las viejas familias francesas. No ocurre lo mismo con las familias judías. Las vastas fortunas judías que han marcado la historia surgen de repente y se disuelven de nuevo casi con la misma rapidez. Un judío comenzará de manera muy modesta —como prestamista en Liverpool, por ejemplo, o como un muy pequeño librero en Fráncfort—. Hallaréis que su hijo es un gran banquero, su nieto tan rico como para dominar la política durante una generación, y entonces (si observáis el proceso en el pasado —tomar un ejemplo moderno inconcluso es, por supuesto, engañoso) por fin, y pronto, el nombre vuelve a desaparecer, y desaparece para siempre*.
¿A quién tiene usted representando hoy a las pocas grandes fortunas judías de la alta Edad Media en Inglaterra? Todas fueron arruinadas antes de finales del siglo trece.
¿A quién tiene usted representando a las grandes fortunas judías posteriores del Rin, las fortunas del siglo dieciséis y principios del diecisiete? Han desaparecido por completo.
¿A quién le queda representando a las considerables casas judías de la Venecia medieval? ¿de Génova? ¿de Roma?
Las causas de esta rápida fluctuación son numerosas. Todas ellas están ligadas a la peculiar posición, así como al peculiar carácter, del judío. Las hallamos en parte en la pasión por la especulación que la inteligencia judía alberga de manera natural. Las hallamos aún más, a mi juicio, en la oposición instintiva hacia el judío que su entorno extranjero despierta perpetuamente.
Sin embargo, es importante recordar este último punto. Desde nuestro punto de vista, el judío, cuando llega a enriquecerse, parece volverse