Quedaba latente, tras toda la exageración y la locura, una gran masa de opiniones muy distintas; la opinión de hombres normales en su apreciación de los valores y de la proporción, no dados a «ver cosas», plenamente en contacto con la realidad; hombres que saben que hasta entonces solo habían guardado silencio por la acción del miedo, que se desprecian a sí mismos por ello y que están tanto más dispuestos a actuar.
Porque el sentimiento del miedo no solo degrada, sino que enfurece: al menos en nuestra raza. El europeo que admite ante sí mismo que ha reprimido un instinto no por religión, ni por un sentido general de la justicia, sino por cobardía, siempre está enfadado consigo mismo y aguarda el momento en que pueda tomarse su propia revancha de su propio pasado y absolverse del reproche ante sus propios ojos.
He aquí el peligro que semejante estado de cosas entraña para Israel. Pero con eso no me concierne tratar aquí. Solo me concierne su efecto sobre nosotros mismos.
Mientras nos degrademos, mientras nos humillemos por nuestra propia cobardía, mientras eludamos todo debate razonable, por no hablar de toda expresión de hostilidad, por temor a las consecuencias a manos de nuestros opositores, mientras tanto estarán presentes con intensidad creciente dos cosas perniciosas:
- primero, la postergación de la solución correcta;
- segundo, la transformación de una política razonada en mero odio con todas las consecuencias que de semejante emoción maligna se desprenden.
Cuanto más tiempo mantengamos lo que queda de esa barrera a la libertad de expresión (que por fortuna ya se está desmoronando), más tiempo produciremos los dos resultados fatales de posponer la justicia y crear enemistad.