El asunto es muy difícil de abordar, porque no tratamos con cosas susceptibles de prueba positiva.
Se puede demostrar por el registro histórico que la cosa ha existido. Se puede mostrar sus terribles efectos, recurrentes sin cesar a lo largo de toda nuestra historia.
Pero otra cosa muy distinta es analizar las fuerzas invisibles que los producen, y dicho análisis no puede ser más que un intento.
Supongo que las causas de esta fricción, con todos sus lamentables resultados, son de dos tipos. Hay, en primer lugar, causas generales de ella, con lo que quiero decir aquellas causas que están siempre presentes y son inerradicables. Su efecto puede resumirse en la verdad de que todo el tejido de la nación judía, su tradición corporativa, su mente social, entra en conflicto con la gente entre la que vive. Hay, a continuación, causas especiales, con lo que me refiero a acciones y expresiones sociales que conducen a la fricción y podrían modificarse, cuyas dos principales son el uso del secreto por parte de los judíos como método de acción y la expresión abierta de superioridad sobre sus vecinos que el judío no puede evitar sentir, pero que hace mal en enfatizar.
Me encargaré de estos por orden, y consideraré primero las causas generales; aunque debo admitir de entrada que un mero resumen de ellas no es una explicación suficiente del fenómeno. Parecería haber algo más profundo y aún más misterioso en ello. Pues se concederá universalmente que, si bien son posibles la mayor intimidad y el respeto entre individuos de las dos razas opuestas, en el momento en que se trata de grandes grupos, y especialmente del instinto popular en la materia, se hace patente la fricción más grave. Es un asunto demasiado hondo como para explicarlo por meras diferencias de carácter. Es como si hubiera alguna fuerza interior que