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Chapter IV. The General Cause of Friction

Pues un proceso de razonamiento construido con exactitud, del cual no hay escapatoria, tiene (para los menos capaces de seguirlo) algo de matón.

Un hombre puede sentir que la conclusión es falsa; tal vez sepa que es falsa. Le falta la facultad de expresar sus razones. Puede que no sepa cómo formular los principios que su adversario ha pasado por alto, o cuándo introducirlos en el debate, y siente la férrea lógica que se le ofrece como una pistola apuntada a la cabeza de su mejor juicio.

Pero tanto por su fuerza como también por su debilidad, la lucidez es el sello distintivo de la mente del judío. Traslada esa lucidez hasta en los más mínimos detalles de cualquier cosa que emprenda.

A todo esto hay que añadir una cierta intensidad de acción muy perceptible y que vuelve a ser causa de fricción entre él y quienes le rodean.

Escuchad hablar a un judío, especialmente a un judío que habla desde la tribuna revolucionaria, y fijaos en el alto voltaje al que funciona la corriente.

La energía que despliega no es la energía de una gran llama, sino la de un soplete bien dirigido: un chorro de calor. Está totalmente absorto, no en su propia expresión, y sí en penetrar activamente en la mente de sus oyentes.

Y aquí se encuentra de nuevo esa diferencia de cualidad a la que he aludido. Podría decirse indistintamente que el judío nunca es elocuente o que siempre lo es cuando habla de aquello que le posee el alma. No es elocuente a nuestra manera; pero en cualquier caso resulta asombrosamente eficaz a la suya propia.

El judío tiene esta otra característica que se ha vuelto cada vez más perceptible en nuestra propia época, pero que es probablemente tan

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