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Capítulo IX. La posición en el mundo en su conjunto

En la parte agrícola de América, que todavía es, según creo, la mitad de la población, el judío era casi desconocido. Se le encuentra aquí y allá, como abogado o tendero, pero ese mundo no le era familiar del mismo modo en que nuestros campos ingleses no le son familiares hoy en día. Con el crecimiento de las grandes ciudades industriales, por supuesto, el judío llegó, pero aun así no era un «elemento destacado del paisaje». Había un cierto prejuicio social en su contra entre las clases más adineradas del Este y —esto es muy importante— siempre se decía la verdad sobre él. No había en América ninguna convención; el judío siempre era reconocido como judío y nunca hubo ninguna de las tonterías que tuvimos por aquí de fingir que era otra cosa.

De ese fenómeno de que está llena la historia de Europa, que hoy se manifiesta de manera tan acusada en los condados orientales y que empieza a surgir en el Oeste, no hay rastro alguno en los principios y mediados del siglo XIX, ni siquiera hasta finales del mismo, en los Estados Unidos.

Luego vino el cambio. Es un cambio que ha tenido lugar en el tiempo de vida de hombres mucho más jóvenes que yo. Es un cambio, según me han dicho, de lo más marcado desde la última vez que visité los Estados Unidos hace más de veinte años.

Una emigración judía regular y organizada comenzó a llegar a raudales, especialmente desde el Báltico. Inundó Nueva York, donde hoy forma probablemente un tercio de la población; creó guetos en la mayoría de las grandes ciudades industriales del norte, y todos los fenómenos que asociamos en Europa con estos movimientos comenzaron a manifestarse.

Se produjo el crecimiento del monopolio financiero y de los monopolios en oficios particulares. Hubo clamor por la tolerancia en forma de

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