número era muy limitado (solo unos pocos miles en Francia e Inglaterra juntos, y apenas otros tantos en Italia).
Pertenecía en su mayor parte a las clases que no entraban en competencia directa con los pobres de las grandes ciudades. Del campo estaba ausente. No había intentado gobernar a sus anfitriones como político, ni, en gran medida, adoctrinarlos a través de la prensa.
El rápido declive de la religión en aquella época derrumbó una barrera, y la transformación de las clases gobernantes, de los antiguos señores territoriales a la plutocracia moderna, derrumbó otra.
La convención de que el judío era indistinguible de los ciudadanos del país en el que por casualidad vivía, o, en cualquier caso, de aquel en el que había vivido por último, se vio fomentada además por la ruptura de aquella sociedad aristocrática cosmopolita que había caracterizado al siglo XVIII, y que podía observar y registrar los movimientos de individuos prominentes de una nación a otra.
Las nuevas fortunas industriales y las nuevas finanzas internacionales contribuyeron al mismo fin, al tiempo que el judío también comenzó a competir con éxito en todas y cada una de las profesiones liberales, sin llegar a dominar ninguna de ellas por el momento. No habían surgido conflictos entre la raza judía y los intereses nacionales de ningún pueblo europeo, a excepción tal vez de los polacos; y estos estaban sometidos y silenciados.
Durante todo este tiempo, desde los años posteriores a Waterloo hasta los años que siguieron inmediatamente a la derrota de los franceses en 1870-71, el peso y la posición del judío en la civilización occidental aumentaron de forma insospechada y, sin embargo, sin causar conmoción, y casi sin llamar la atención. Entraron en los Parlamentos de todas partes, en la nobleza inglesa también, y en las Universidades en un número muy elevado.