forma en que se extiende de manera subterránea y fuera de la vista, dejando al mundo en general ignorante de que este, aquel y el de más allá individuo judío es su amo en el asunto de alguna cosa esencial que él controla.
Para decirlo sin rodeos, hay que poner fin a estos monopolios.
Antes de la Gran Guerra solo había uno del que Europa en su conjunto era consciente, y era el monopolio financiero. Sin embargo, aquí el monopolio era mucho menos perfecto que en el caso de los metales.
La Gran Guerra puso a miles y miles de hombres educados (que asumieron funciones públicas como funcionarios temporales) frente al estremecedor secreto que nunca habían sospechado: el control absoluto ejercido sobre cosas absolutamente necesarias para la supervivencia de la nación por media docena de judíos, a los que les importaba por completo un bledo si nosotros o el enemigo salíamos con vida de la contienda.
A propósito, la riqueza de estos pocos y muy