El judío no es en todas partes un revolucionario. En todas partes está descontento con una sociedad que le es ajena: eso es natural e inevitable. Pero no ejerce su poder invariablemente, ni siquiera ordinariamente, hacia el derrocamiento de un orden social establecido del cual, dicho sea de paso, a menudo se beneficia en gran medida.
No se encuentra al judío en la historia encabezando perpetuamente las innumerables revueltas que los ciudadanos en masa hacen contra las condiciones privilegiadas o superiores de la minoría. A veces se ha beneficiado de estos movimientos en el pasado; con mayor frecuencia los ha sufrido. A menudo hallamos a judíos particulares simpatizando con el bando revolucionario, pero también hallamos a muchos judíos particulares simpatizando con el otro. El judío no es, en la historia de Europa, el agente principal de la revolución: muy al contrario.
Los grandes actos de violencia, exitosos y frustrados, que han marcado a nuestra sociedad desde los disturbios agrarios de la Roma pagana hasta la Revolución Francesa, la guerra por la tierra en Irlanda, el movimiento cartista en Londres, o cualquier otro movimiento moderno que se quiera, han apelado mucho más a los instintos combativos y a las tradiciones políticas de nuestra raza que a los de los judíos. Están marcados por todas partes por una actitud hacia la propiedad y el patriotismo que son exactamente lo opuesto a las características de los judíos.
Las revoluciones del pasado se hicieron por una mejor distribución de la propiedad y por el mejoramiento del Estado. A menudo se emprendieron abiertamente porque el patriotismo se había visto ofendido por la derrota en la guerra y porque se creía que la nación había sido traicionada. Por lo general eran chovinistas y siempre propugnaban la distribución de la riqueza.
Es la seña única de la revolución rusa y de su intento de extensión a otras partes el que repudia el patriotismo y la división de la propiedad. En eso