Bajo una influencia de este tipo, a la vez sincera e hipócrita, generosa y mezquina, el judío adquirió en todas las grandes comunidades, y especialmente en Francia, Italia, Alemania e Inglaterra, un poder desproporcionado respecto a su número y, debo añadir, sin que ello, espero, ofenda a ningún lector judío, desproporcionado respecto a sus capacidades; ciertamente desproporcionado respecto a cualquier derecho suyo a interferir en nuestros asuntos.
Fue un judío quien redactó las leyes de divorcio en Francia, el judío quien alimentó el anticlericalismo por todas partes en ese país y también en Italia; el judío quien invocó a las fuerzas de las naciones occidentales para proteger a sus compatriotas en Oriente, y el judío cuyo espíritu ha impregnado en gran medida las universidades y la prensa.
Irlanda es una excepción. En Irlanda el judío (fuera del pequeño rincón industrial del noreste) no es nadie. Y aquí hay que señalar que las migraciones del judío —que le otorgan un número aquí por un tiempo y después otro número en otra parte, en lugares donde antes no se le conocía; que le dan influencia aquí por un tiempo y ven cómo a esta le sigue el declive de dicha influencia— no parecen obedecer a ninguna ley que podamos rastrear, y ciertamente no son el producto de ninguna acción consciente.
Es uno de los fenómenos más extraños de la historia, este extraño y espasmódico movimiento de marea de la raza judía.
¿Tiene que ver con el comercio? Ese es un elemento sin duda; eso es lo que explica la explotación de Inglaterra por parte de los judíos tras la Conquista, de España en la Baja Edad Media, del valle del Rin; pero entonces, ¿por qué otros centros comerciales no han servido de atracción? Venecia no fue uno, aunque el judío era bien tolerado allí; tampoco lo fue París después de la Alta Edad Media, y si bien algunas de las ciudades holandesas formaron tales centros de atracción, las ciudades belgas no lo hicieron.