prohibía aludir a la nacionalidad judía o a los intereses judíos de cualquier forma. Si los judíos fueron prudentes o no al atenerse a dicha norma, como sin duda lo hicieron, no concierne a esta parte de mi argumento. Estoy hablando de nuestro deber y no del de ellos. Pero digo que, a menos que la norma se suavice y finalmente se disuelva, no se podrá hacer nada. Ambas partes deben saber que esto solo causa daño. Vuelve artificiosas y absurdas todas nuestras relaciones; fomenta esa sospecha de secretismo en la que he insistido como el principal irritante en dichas relaciones, y crea un sentimiento de excepción, de rareza, que es el peor servicio que podría rendirse a los propios judíos.
Hace algún tiempo, la convención llegó al extremo de que incluso la mención, una mención neutral —más aún, laudatoria— de cualquier cosa judía en una reunión general provocaba una incomodidad inmediata. Los hombres miraban por encima del hombro, las mujeres dirigían miradas hacia abajo a diestra y siniestra. Se iniciaba una especie de cacería para ver si alguien de los presentes podía sentirse ofendido, ni que fuera de forma remota, por el monstruoso acto. Si un hombre decía: «¡Qué poeta era Heine y cuán profundamente judía es su ironía!» y lo decía en una sala llena de gente, el adjetivo «judía» actuaba como un pistoletazo; ¡se podía imaginar algo más absurdo! Sin embargo, así era.
Pero el punto que señalo no es contra lo absurdo de esta convención, sino contra su peligro. Es un obstáculo para todo manejo correcto de lo que se está convirtiendo cada día en una dificultad más y más insistente y aguda.
Es evidente que la abolición de tal convención no ha de llevarse a cabo por métodos violentos, ni de manera inmediata. Pero nuestro deber es acelerar su declive y, dentro de lo razonable, ampliar cada oportunidad de tratar la nacionalidad judía exactamente