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Chapter IV. The General Cause of Friction

Era un espectáculo asombroso. He visto muchos otros tan asombrosos y vívidos, pero en cuanto a valor nunca lo he visto superado.

Aquí había un hombre, viejo y frágil, miembro de una minoría muy pequeña que sabía que era odiada, y particularmente odiada por la gente a la que desafiaba.

Porque consideraba que uno de los suyos había sido agraviado, asumió este riesgo tremendo y llevó a cabo esta tarea autoimpuesta con una especie de placer en ese riesgo.

Podéis llamarlo insolencia, ofensa, lo que queráis; pero no podéis negarle el título de valor. Era valor de la más alta calidad.

Lo repito: podéis ver indicios de esa clase de valor en la acción judía a lo largo de todo el mundo y en todas las época; tenéis el inicio de ello en el Sitio de Jerusalén; mañana, si el temor que ahora todos abrigamos resultara por desgracia bien fundado, lo volveremos a ver a la misma escala.

Tomemos la avaricia. Cuando los enemigos acusan al judío de avaricia, le están atribuyendo ese vicio en una forma de la que ellos se saben capaces, que ellos mismos practican, que comprenden a la perfección, pero que él nunca practica a su manera. El judío es audaz con su dinero. Es un especulador, un comerciante. Es también un hombre que piensa en él en términos exactos. Nunca es romántico al respecto. Pero casi invariablemente es generoso en su uso. Nuestra raza, cuando cede al vicio de la avaricia, es tacaña, hermética, desprendida de la caridad. Él es implacable y astuto en la acumulación. Es vociferante en su insistencia sobre los términos exactos de un pacto acordado. Es también tenaz en la persecución de cualquier cosa que se haya propuesto, entre el resto, la acumulación de dinero. Es casi fanático

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