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Capítulo VI. La causa de la fricción por nuestra parte

sus propios intereses en unas condiciones que conocía perfectamente cuando se metió en ellas. No tiene ningún argumento para quejarse de los resultados de la relación, pues al hacerlo simplemente se está quejando de su propio criterio y, a fin de cuentas, de su propia maquinación.

Si un hombre no puede tolerar el contraste entre la raza judía y la nuestra, o si considera que dicha raza posee energías que invariablemente habrán de derrotarle en la competencia comercial, que se mantenga entonces completamente al margen de cualquier alianza judía. Es el plan más sencillo. Pero inmiscuirse en la actividad comercial judía para luego quejarse de los resultados es despreciable.

Todo esto es peor, por supuesto, cuando se trata de relaciones aún más estrechas que las del comercio. Esas relaciones son numerosas en el mundo moderno, y la falta de sinceridad en ellas adopta la peor forma posible. Los hombres, especialmente de las clases más acomodadas de la alta burguesía, entablan la más estrecha amistad con judíos con el propósito confeso de obtener una ventaja personal. Piensan que la amistad les ayudará a alcanzar grandes puestos en el Estado, o a acrecentar su fortuna privada, o a la fama. En ese cálculo son prudentes. Pues el judío posee hoy un poder excepcional en todas estas cosas. Por consiguiente, tienen al judío continuamente en sus mesas, se alojan continuamente bajo el techo del judío. En todas las relaciones de la vida son tan íntimos como pueden serlo los amigos. Sin embargo, alivian la tensión que impone una situación tan antinatural con una burla constante hacia sus amigos judíos en su ausencia. Se puede decir de tales hombres (y hoy constituyen una mayoría creciente entre nuestros ricos) que la falsedad de su situación les ha afectado a los nervios. Se ha convertido en una especie de enfermedad para ellos; y estoy muy seguro de que, cuando llegue la oportunidad,

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