cuando la reacción pública contra el poder judío se alce clamorosa, insistente y abierta, ellos estarán entre los primeros en tomarse la revancha. Es abominable, pero es verdad.
Y esta verdad no solo se aplica a las amistades, sino que se aplica incluso a los matrimonios.
El matrimonio entre cristiano y judío es, en esa clase social, un asunto de interés, y la amargura que engendra esa relación es desmedida.
Esta desfachates, pues —la falta de franqueza por parte de nuestra raza en su trato con el judío—, un vicio particularmente extendido entre las clases adineradas y medias (mucho menos común entre los pobres), se extiende, como he dicho, a la historia. No nos atrevemos, o no queremos enseñar en nuestros libros de historia los hechos claros de las relaciones entre nuestra propia raza y los judíos. Arrojamos la historia