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Capítulo VII El antisemita

una etiqueta para algo irremediablemente ridículo, un tema de pura risa, un asunto que ningún hombre razonable debía considerar seriamente ni por un momento.

Durante algo entre una docena y veinte años, esta política tuvo éxito. El método, aunque cada vez menos firmemente establecido a medida que pasaba el tiempo, todavía no ha fracasado del todo.

No obstante, esa política fue muy poco acertada. Se utilizó no solo para ridiculizar al antisemitismo, sino también —algo del todo ilegítimo, del todo irracional (y condenado a la larga a ser fatal)—, se empleó para impedir toda discusión sobre la cuestión judía, a pesar de que dicha cuestión aumentaba cada día en importancia práctica y clamaba por ser resuelta.

Era la política instintiva de la masa de la nación judía, y una política deliberada de la mayoría de sus líderes, no solo utilizar el ridículo contra el antisemitismo, sino tachar de «antisemita» cualquier debate sobre el problema judío o, a decir verdad, cualquier información relativa al mismo.

Se empleaba para impedir, mediante el ridículo, cualquier afirmación de cualquier hecho relacionado con la raza judía, salvo unos cuantos cumplidos convencionales o algunas bromas convencionales e inofensivas.

Si un hombre aludía a la presencia de un poder financiero judío en cualquier región —por ejemplo, en la India—, era un antisemita. Si se interesaba por el carácter peculiar de las discusiones filosóficas judías, especialmente en asuntos relacionados con la religión, era un antisemita. Si las emigraciones de las masas judías de un país a otro, la vasta invasión moderna de los Estados Unidos, por ejemplo (que ha sido organizada y controlada como un ejército en marcha), le interesaban como historiador, no podía hablar de ello bajo pena de ser llamado antisemita.

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