Habiendo concluido un breve repaso de las causas de fricción por el lado judío, debemos pasar a la causa de fricción por el nuestro.
A primera vista podría parecer que la tarea era superflua. Acción y reacción son iguales y opuestas. Si habéis demostrado por qué A irrita a B, habéis demostrado también, supuestamente, por qué B irrita a A.
O bien, si consideráis que una minoría extranjera en una comunidad es un irritante (lo cual es casi siempre y lo es ciertamente en el caso de los judíos), habéis definido suficientemente, al parecer, la posición y no necesitáis molestaros en examinar qué papel desempeñan los irritados en el asunto.
Lo que es parasitario en el peor de los casos devora al cuerpo general, y en el mejor lo perturba. El cuerpo general parecería pasivo. No tiene más parte en el asunto que reaccionar contra la causa de la perturbación y, de ser posible, librarse de ella. Como dicha causa no es de su propia hechura, no hay que buscar responsabilidad alguna de su parte.
La casa es nuestra: el judío es un intruso (podría objetar alguien), y se acabó.
Pero la situación no es tan simple como eso. Aparte del hecho de que el judío ciertamente no permitirá tal descripción de su actividad, existe la obvia verdad de que, cuando se trata de dos factores humanos, es decir, de dos factores que tienen una naturaleza común y, por tanto, deberes comunes, también se está tratando con dos cosas orgánicas conocidas y analizables. También