Por lo tanto, cuando, como en el caso particular de Rusia, un sentimiento nacional se interponía en el camino de un ideal abstracto, le parecía lo más natural del mundo al judío que el obstáculo nacional fuera a pique para que su ideal de comunismo pudiera triunfar.
Detrás de este gran cambio en las ciudades rusas, y de la toma de lo que queda del gobierno ruso por los Comités Judíos, yacía una fuerza de lo más positiva. Era el sentido de la justicia social, la indignación contra males indefendibles.
Ese sentido de la justicia social, esa indignación contra los males modernos indefendibles, lo sentimos todos. Puede haber hombres entre las clases más adineradas de la Europa occidental que desconozcan tanto el pasado, o que sean tan estúpidos, que crean sinceramente que el capitalismo industrial es algo inevitable y tal vez incluso bueno.
Pero esos hombres deben de ser muy escasos. No solo deben de ser escasos, sino que carecen de toda experiencia social amplia. A un hombre le basta con vivir la vida de los pobres en las grandes ciudades industriales durante un día para ver la enormidad del agravio que hay que enmendar.
Hay, por supuesto, no pocos, sino muchos miles de individuos que intentan encontrar argumentos en favor del capitalismo industrial, ya sea porque se benefician personalmente del sistema y son más ricos gracias a él, ya sea porque son los criados a sueldo de quienes se benefician de ese modo —y de este tipo son los escritores de la prensa capitalista—.
Pero a todos estos, que son defensores a sueldo, o defensores con un interés patrimonial directo en la continuación de la enfermedad moderna, se les puede ignorar; pues no actúan de buena fe. No argumentan realmente que la cosa sea buena en sí misma, solo intentan encontrar argumentos, como hacen los abogados, en favor de algo que tienen que defender y que en su fuero interno admiten que es malo; o a cuya maldad son indiferentes mientras les proporcione una parte desproporcionada de bienestar material.