diferenciación de Oriente a Occidente. Pero dentro de ella, una diferenciación, debida en última instancia a la religión, de Norte a Sur. En Rusia nunca hubo tradición alguna de guardar silencio sobre el judío, ni de respetar al judío en absoluto. Él era, hasta la reciente revolución, el enemigo nacional, y se acabó. De igual modo, en Polonia, Rumanía y las poblaciones más difusas de sus fronteras, e incluso en la antigua Hungría, se hablaba abiertamente del judío como perteneciente a una nacionalidad separada y, en conjunto, hostil.
Pero a medida que uno avanzaba hacia el oeste surgía otro espíritu, otra tradición. Era «lo normal» tratar al judío como a un ciudadano. Esta moda era más débil en los territorios alemanes que en los Países Bajos, Francia o Inglaterra; estaba presente en todas partes al oeste del Elba.
Era una tradición que manaba de dos fuentes: la Inglaterra comercial y protestante del siglo diecisiete, la Francia escéptica del dieciocho.
El judío (según este espíritu) merecía una protección especial y un respeto especial. Debía ser protegido y respetado aun en su pasión por el secreto; de modo que al fin la mera mención de su existencia en las clases cultas y dirigentes de Occidente llegó a ser una especie de rareza.
De este espíritu procedía la ficción o convención liberal de la que traté en el segundo capítulo de este libro. Fue rematada, se le dio una forma permanente, por el entusiasmo y la severa doctrina de los republicanos franceses, que surgieron en un momento en que Israel era considerado una religión y se olvidaba su cualidad nacional. Dado que se creía que toda religión estaba muriendo, dado que, además, había surgido un entusiasmo en contra de casi cualquier religión que ejerciera poder cívico (notablemente la Iglesia católica), a esta religión