está muerta o agonizante, y con ella ha desaparecido la tendencia a la exclusión desde fuera; mientras que por parte judía hay también un gran debilitamiento del antiguo vínculo religioso, menos del viejo dogma mesiánico, y por ambas partes el enorme crisol3 que propicia la absorción con una intensidad y rapidez totalmente desconocidas en el pasado. Una cosa era absorber al judío cuando se tardaba un mes en ir como viajero ordinario de Londres a Roma, y otra muy distinta cuando se tarda tres días. Una cosa era absorber al judío cuando en la mayor parte de los casos existía una barrera para la mezcla de las razas, basada en las fibras de la religión, y otra bien distinta es absorber al judío cuando esas fuerzas emocionales tan poderosas han desaparecido, y así sucesivamente.
Ahora bien, las razones que me llevan a rechazar esta teoría son dobles.
En primer lugar, creo que exagera el contraste entre el pasado y el presente.
En segundo lugar, sé que en el mundo real que tengo ante mí y precisamente bajo aquellas condiciones en las que la fusión, la acción del «crisol», debería ser más completa, se observa la reacción más violenta contra la absorción.
En cuanto al contraste entre el pasado y el presente, creo que se basa en una aprehensión imperfecta de lo que ha sido nuestro pasado. Surge de esa «compresión» de la historia a la que aludí en otro contexto en mi segundo capítulo.
La larga historia de nuestra carrera entre la ocupación romana de Judea y la moderna fase industrial, local y efímera de las grandes ciudades modernas no se divide en dos capítulos: el pasado extraño y el presente comprensible. Es prácticamente lo mismo. Los constantes desarrollos que hoy nos asombran en la ciencia física, por ejemplo, no son más notables que los vastos nuevos desarrollos en la