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Capítulo V Las causas especiales de fricción

Inútil es decir: «Los judíos no admiten la conexión, los nombres no son judíos, no hay un elemento judío manifiesto». Él responde: «Los judíos nunca admiten tal conexión; es sabido que los judíos se ocultan bajo falsos nombres; la acción judía nunca es manifiestista». Y —tal como están las cosas, hasta que cambien— no hay cómo negar lo que dice. Su juicio podrá ser tan descabellado como se quiera (¡he oído llamar judíos a los partidarios del Sinn Féin!), pero, mientras se mantenga este maldito hábito del secreto, no hay forma de corregir tal juicio. Una sospecha universal se engendra y se propaga.

Mientras tanto, el mismo vicio arrastra a la luz pública cada acto y nombre judío de mal tono y deja en la oscuridad los nombres honrados y las útiles acciones públicas de los judíos. Porque un nombre falso, como una falsificación, se anuncia a sí mismo.

No siempre se reconoce en este sentido que las «plétoras» judías, que son una causa tan fecunda de exasperación, dependen de esta misma política de ocultamiento y, por esa razón, aumentan el volumen de ira a medida que se descubre cada nuevo truco.

No que los objetos de estas campañas mundiales sean indignos de atención. El actor judío, o estrella de cine, o escritor o científico seleccionado suele ser talentoso; la víctima de injusticia cuyo caso se anuncia a bombo y platillo tiene a menudo una queja genuina. Pero [el problema es] que la atención exigida está totalmente desproporcionada y que su dependencia de la organización judía se mantiene siempre oculta.

Y tanto por lo que se refiere al elemento de acción secreta. Mucho más podría escribirse al respecto, pero hay dos razones en contra de explayarse en ello: * Primero, una discusión exhaustiva ocuparía demasiado espacio; * segundo, tendería a añadir lo que particularmente deseo evitar en estas páginas, me refiero a insistir en los errores

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