pretendía que sobrevivieran como unidad nacional milagrosamente, a pesar de cualquier incapacidad; seguir siendo ellos mismos durante 2000 años en condiciones que habrían destruido a cualquier otro pueblo en tal vez un siglo: y aun así pretendía que sufrieran.
El racionalista dirá que la expresión de un sentimiento de superioridad y el poder de resistencia que lo acompaña no son sino nombres distintos para una misma cosa; que, de no ser por la presencia de esa expresión de superioridad, la resistencia no habría tenido éxito, y de no ser por la resistencia no habría podido haber persecución; que no hubo ningún diseño en el asunto, solo la presencia fortuita de una cualidad particular que ha producido su efecto necesario y lógico.
Pero sea cual fuere la verdadera explicación, el hecho histórico sigue siendo que este sentido de superioridad produjo una manifestación abierta y desmedida del mismo siempre que los judíos han tenido la libertad de dar rienda suelta a sus sentimientos, y que si bien esto ha tenido, como gran consecuencia, el fortalecimiento de la identidad, la permanencia y la supervivencia del pueblo judío, también ha tenido, como otra gran consecuencia, su opresión recurrentemente tras cada período de libertad.
Hay una última cosa que decir, la cual es casi imposible de decir sin el peligro de causar dolor y, por tanto, de confundir el problema y hacer más difícil su solución. Pero debe decirse porque, si la evitamos, el problema se confunde aún más. Es esta: Si bien es indudablemente verdad, y siempre lo será, que un judío se siente superior a sus anfitriones, también es verdad que sus anfitriones se sienten inconmensurablemente superiores al judío. Solo podemos llegar a una solución justa y pacífica de nuestras dificultades recordando que el judío, a quien hemos dado un estatus especial y ajeno en la