Las comunidades en cuestión no pueden dictar leyes que reconozcan al judío; alternativamente, la puerta está abierta a la opresión: y en el momento en que la odiada injerencia extranjera se debilite, llegará la opresión.
Bueno, cuando bajo la presión de una dificultad social real y crucial, el arreglo irreal es hecho trizas, mediante la aprobación de nuevas leyes que reconocen al judío (pero con dureza, y sin ningún acuerdo con él) o mediante la hostilidad real, ¿acaso piensa el judío en lo más profundo de su corazón que tendría ahora el mismo apoyo por parte de Occidente que habría tenido hace treinta años? Sabe muy bien que no lo tendría.
Hace treinta años habríais obtenido de todo el liberalismo tradicional de Francia, de la gran masa de su clase dirigente y de toda su organización académica, de lo que entonces era el cuerpo sólido y aún respetado de los viejos republicanos, una respuesta inmediata a la súplica judía.
En Inglaterra esa respuesta habría sido unánime y entusiasta. Habríais tenido torrentes de artículos de fondo, grandes reuniones públicas, ministros del gabinete pronunciando discursos por todas partes en la sagrada causa de la tolerancia.
Todo el mundo sabe que hoy la súplica de los judíos orientais, aunque todavía pudiera ser apoyada oficialmente, sería recibida por el público con indiferencia. De aquí a diez años puede ser recibida con derrisión.
O tómese otro ejemplo. Supongamos —es altamente probable— que el experimento sionista fracase, que los ingleses se nieguen a arriesgar la vida de sus soldados en una disputa que no es la suya y se nieguen a sostener con sus desmedidos impuestos una colonia sobrecargada que no les reporta ninguna ventaja y no les concierne en absoluto. En caso de que ese experimento fracasara, si ocurriera pronto, ¿seguiría existiendo el apoyo para su restablecimiento que habría tenido incluso hace diez años? Ciertamente no.