Alegó con absoluta justicia que, como judío, tal exilio lo dejaba sin hogar; que el país de origen del cual era nominalmente ciudadano (bajo la ficción ya venida abajo de que los judíos pueden ser alemanes, o austriacos, o lo que sea, y dejar de ser ellos mismos) no lo aceptaría; que sus intereses, su sustento lo habían unido a este país; nunca había ocultado su verdadera nacionalidad ni cambiado su nombre, ni utilizado ninguno de esos subterfugios que, aun cuando sean excusables, resultan peligrosos y despreciables en muchos de sus compatriotas. No había ninguna razón concebible por la cual se debiera usar tal rigor contra este hombre, salvo de hecho el que era judío.
Ponte en su lugar y mira cómo se ve la cosa.
No hay nación a la que hubieras podido regresar: no hay sociedad que te reciba como miembro de ella. No se te permite permanecer en la atmósfera con la que te has familiarizado, en los entornos que se han convertido en los de tu vida posterior, y cuya consonancia contigo es ya demasiado tarde para que la cambies.
¿Podría haber una crueldad mayor o una injusticia mayor?
Es el meollo mismo de todo el problema que en alguna parte el judío debe ser acogido, y por lo tanto a uno de nosotros se le debe plantear la pregunta: «¿Lo acogerás tú, y si es así, bajo qué condiciones?». Si cada hombre responde: «No, no lo haré», entonces todos colectivamente se convierten en opresores.
No es respuesta decir: «Estos hombres no son de los nuestros y, por tanto, pueden conspirar contra nosotros», o «Sus intereses son divergentes de los nuestros y, por lo tanto, pueden chocar y chocan con los nuestros».
Todo eso está concedido. Eso es simplemente plantear el problema, no resolverlo.