Para comprender cualquier problema hay que estudiar no solo sus factores reales, tal como se le aparecen a un hombre sensato que contempla todo el asunto con claridad; también hay que comprender las insensatez y las distorsiones que el problema ha provocado, pues ilustran singularmente su carácter y su fuerza.
No basta con considerar únicamente lo real en cualquier dificultad que deba resolverse, es necesario considerar también lo imaginario; porque la leyenda o la ilusión es un producto directo de la verdad y muestra cómo la verdad ha actuado en otras mentes.
Así, una caricatura revela lo que inconscientemente sabemos que está presente en cualquier personalidad, lo enfatiza y, aunque sea falsa en su exageración, nos prohíbe olvidarla en el futuro. Así pues, cualquier extremo, por muy falsa que sea su falta de proporción, es de suma importancia para el juicio.
En un problema político práctico hay otra razón de muchísimo peso para examinar la opinión extrema y distorsionada: a saber, que en política no solo tratamos con cosas reales, sino con el agrado o desagrado que estas cosas producen en los hombres vivos: su afecto o repulsión exagerados o mal informados.
Todo arte de gobierno radica en la comprensión del entusiasmo y de la indiferencia.
Ahora bien, en este gran problema político que presenta la raza judía en medio de nosotros hay dos extremos. Uno ya lo hemos estudiado: es la extrema insensatez de la falsedad, de pretender que el problema no existe.