sus relaciones internacionales. El judío es un nómada, el no judío, un hombre de residencia fija. El inglés, el francés y los demás se acercan perpetuamente al judío como si este también tuviera una residencia fija. Parece que nunca logramos superar la sorpresa al enterarnos de que un determinado judío en el extranjero es primo, sobrino o hermano de otro judío con un apellido diferente en Inglaterra, o de otro judío con un apellido todavía distinto en Pinsk o en San Francisco. Sin embargo, esto es sin duda de la esencia misma de la condición judía. Deberíamos dar por sentado que el judío es así de nómada, internacional, extendido por todo el mundo, migratorio, del mismo modo que damos por sentada la misma cosa en las aves de paso. Adoptar la actitud que adoptamos casi invariablemente y sentir una sorpresa al descubrir lo que, por la naturaleza de las cosas, ha de ser el rasgo más regular en la situación civil del judío, es caer en el más estúpido de todos los errores estúpidos: proyectarse a uno mismo en los demás.
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Capítulo VI. La causa de la fricción por nuestra parte
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