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CAPÍTULO III LA FASE ACTUAL DEL PROBLEMA

una mera teoría*, y el control y la gestión real del mismo en un gran Estado cuando este pasó de la teoría a la práctica.

Las palabras «revolución social» no eran todavía en 1914 más que palabras y los hombres no las tomaban demasiado en serio.

Pero cuando en 1917 una revolución socialista se consumó de repente, de un solo golpe, en un gran Estado, y cuando se vio que sus agentes, directores y amos eran una cofradía cerrada de judíos con solo unos pocos acólitos no judíos (cada uno de estos controlado por los judíos mediante una u otra influencia), la cuestión cambió por completo.

El asunto se había vuelto real. La amenaza a las tradiciones nacionales y a toda la ética cristiana de la propiedad era inmediata.

Más importante que todo lo demás, en lo que al problema judío se refiere, muchos de los que habían permanecido en silencio al respecto debido a la convención, la avaricia o el miedo, se veían ahora obligados a hablar.

Desde ese momento, a principios del 17, se convirtió en el principal problema político de nuestro tiempo: coincidente con el gran conflicto económico al que ahora se injertaba, íntimamente mezclado con él, pero superior a este en todas sus implicaciones.

La historia puede contarse brevemente. El Estado ruso, mal equipado para la guerra moderna, había atravesado a finales del año 1916 por una tensión que había resultado intolerable. La sociedad rusa, tras las pérdidas mortales sufridas, estaba en vísperas de la disolución, y el formidable movimiento revolucionario que durante años había dejado su dirección y organización en manos judías estalló, por tercera vez en nuestra generación: pero esta vez con éxito.

Tras fases de aceleración rápida, se estabilizó en la situación que ha perdurado desde principios de 1918 hasta el día de hoy.

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