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Capítulo IX. La posición en el mundo en su conjunto

Allí, a pesar de todos los Comités judíos con grandes ciudades bajo su completo control, se han sucedido repetidas revueltas. Pero en la mayor parte de la Rusia europea al menos, y en gran parte de lo que un día fue el Imperio asiático, los judíos ostentan lo que queda del gobierno ejecutivo.

Por lo que podemos juzgar a través de los muy imperfectos informes que nos llegan (pues en ninguna parte se emplea el arma del secreto con mayor crueldad), la masa de los rusos, es decir, el campesinado, está dividida.

Ante la acción del despotismo judío en la ciudad se muestran indiferentes, pero a sus primeros intentos en su contra se opusieron con amargura. Han sufrido a sus manos y lo consideraban un tiranizador. Sin embargo, el judío parece haber abandonado esta injerencia y la tierra rusa parece haberse estabilizado como propiedad campesina.

Por otra parte, fue una revolución guiada por esos mismos Comités judíos la que aseguró al campesino en la posesión de su tierra. El campesino ruso siempre ha considerado la tierra como suya. Tengo entendido que consideraba esa medida extraña y pedante, «la liberación de los siervos», como un mero sinónimo del robo de su tierra; y cuando la organización de la sociedad rusa se desintegró bajo la presión de la guerra, se abalanzó sobre las grandes haciendas y recuperó lo que creía suyo.

Ante la extraña concepción judía del comunismo, a un millón de millas de distancia de nuestros instintos raciales europeos y de nuestras altas tradiciones civilizadas, el campesino ruso no podía sentir más que un desconcertado desprecio.

No obstante, era consciente de que la revolución judía le había permitido, si no tomar la tierra (eso lo hizo él mismo), al menos conservarla; y la revolución es indistinguible del control judío de las ciudades.

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