Hay en esta formación de monopolios, como en las actividades más respetables de la nación, incluso en sus actividades más justamente famosas, incluso en sus glorias, ese elemento de carácter racial que nunca está ausente en ninguna acción judía. Y por eso he colocado este punto, por moderno y efímero que sea, entre las causas generales de conflicto.
La razón por la cual estos monopolios generales son formados por judíos es que el judío es internacional, tenaz y está decidido a llegar hasta el final mismo de su tarea. No se siente satisfecho en ningún oficio hasta que este se halla, en la medida de lo posible, bajo su completo control, y cuenta para la extensión de ese control con el apoyo de sus hermanos en todo el mundo. Posee al mismo tiempo el conocimiento internacional y la indiferencia internacional que favorecen aún más sus esfuerzos.
Pero aun si los monopolios bastante recientes en los metales y otros oficios fuesen arrebatados, como deberían serlo, a estos pocos amos extranjeros de los mismos, quedaría ese monopolio parcial (no es en absoluto un monopolio completo) que unos pocos judíos han ejercido no solo hoy, sino de manera recurrente a lo largo de la historia, sobre las altas finanzas: es decir, sobre el crédito de las naciones y, por consiguiente hoy, como nunca antes, sobre todo el campo de la industria mundial.
Si ese monopolio financiero parcial permanece sin corregir, producirá una hostilidad suficiente contra los judíos como para precipitar, por sí mismo, el próximo ataque general contra ellos.
Se puede argumentar que este temor carece de fundamento porque el control ya dura desde hace mucho tiempo. Ha durado el tiempo equivalente a toda una vida, incluso en su forma actual, apenas completa; y es seguro porque sus operaciones están alejadas de la observación general y porque se halla entremezclado con los intereses de todas las clases más adineradas.