judía, considerada anteriormente enemiga del Estado, o al menos separada de él, se le concedió naturalmente un privilegio especial. Surgió ese extraño sistema, cuya muerte estamos presenciando ahora tras su breve vida de algo más de un siglo, por el cual se le permitía al judío llevar la máscara de nacionalidades distintas a la suya, y actuar en todas partes como si fuera ciudadano, no de Israel, sino de la nación en la que casualmente se encontrara.
Contra esta actitud surgió por fin la poderosa defensa del nacionalismo. En Inglaterra, como veremos en el siguiente capítulo, esta defensa fue menos fuerte que en otros lugares, porque los intereses de la finanzas judías internacionales y del comercio británico estuvieron durante tanto tiempo casi idénticos. En Italia, donde el judío estaba naturalmente muy conectado con el movimiento nacionalista debido a su antagonismo con el papado, el sentimiento nacional chocó poco con la anomalía del judío. Pero en Francia, especialmente después de la derrota de 1870, el contraste se hizo cada vez más fuerte, del mismo modo que se está fortaleciendo hoy en Alemania tras la derrota de 1918.
Fue ese choque entre la "ciudad" de Israel y las otras "ciudades" en las que los europeos nos movemos, al cual se ha aludido en una página anterior.
Sin duda, le resultaría muy conveniente a la "Ciudad" de Israel que todas las demás "ciudades" desaparecieran y dejaran el campo libre para las operaciones judías. Pero estas no se proponen desaparecer; y aunque nuestra devoción hacia ellas pueda parecer inexplicable para el judío, este debe aceptarla como una fuerza permanente, pues el patriotismo del europeo no se debilitará.
En los Estados Unidos, esta tradición o convención liberal, esta concepción de que el judío debe ser tratado como un ciudadano de pleno derecho, era mucho más fuerte incluso que en Europa occidental. Estaba en el alma misma de la Constitución y, lo que es más importante, en el alma misma del pueblo.