periódico el «Dearborn Independent». > «Está muy bien hablar del crisol de razas —dice—, pero lejos de fundirse los judíos en ese crisol, parece como si quisieran fundir el crisol mismo».
Ahí tenéis, en Nueva York, si es que en alguna parte, una oportunidad para que la teoría de la asimilación demuestre su valía.
Tenéis presentes en el terreno una veintena de razas diferentes, incluidas grandes masas de una raza tan totalmente distinta a la nuestra como la negra. Tenéis una cierta proporción pequeña de chinos y contáis con una variedad indefinida de estirpes europeas, la mayoría de ellas en gran número.
Tenéis no sólo en los establecimientos locales o incluso tan sólo en la teoría cívica, sino en la práctica real —en la práctica entusiasta— una completa igualdad y un orgullo positivo en la recepción de cualquier elemento de inmigración, sin importar cuál sea, en la certeza de que todos pueden moldearse rápidamente a la forma estadounidense.
La mayoría de estos elementos fueron absorbidos, y absorbidos con rapidez; donde no fueron absorbidos, reinaba al menos la paz entre ellos.
Entonces llega el judío y surge de inmediato una situación totalmente nueva. Una situación de desafío, de provocación, de exclusión admitida, de debate violento e incluso de clamor: pero ni rastro de asimilación. En presencia de todos los elementos que deberían propiciar la asimilación, la diferencia y el odio entre el judío y el no judío crecen en Nueva York con la vitalidad de una planta tropical.