prueba de su importancia en el mundo. Pero ese aspecto del fenómeno no es consolador para el futuro de ninguno de los dos: el judío que ahora espera nervioso el ataque, y nosotros, que deseamos anticiparnos y prevenir dicho ataque.
El antisemita es mucho más numeroso y mucho más poderoso de lo que cabría imaginar por la lectura de la prensa diaria; pues la prensa se encuentra todavía, en su mayor parte, bajo la convención de ignorar el problema judío y bajo el terror de las consecuencias financieras que podrían derivarse de su debate. Su actividad universal aún no puede leerse en los grandes periódicos; pero en la conversación y en la práctica de la vida cotidiana oímos hablar de ella en todas partes.
Y aquí puedo hacer una digresión sobre un rasgo moderno que se aplica a todos los problemas políticos y, por lo tanto, a este problema judío entre otros.
Los grandes movimientos de nuestro tiempo nunca se han originado en la prensa de las grandes ciudades. Surgen y acumulan sus energías en camarillas políticas, en concentraciones populares y en rumores hablados mucho antes de aparecer en este instrumento principal para la difusión de noticias.
Esto se debe a que la prensa de nuestras grandes ciudades está controlada por muy pocos hombres, cuyo objetivo no es la discusión de los asuntos públicos, y menos aún la entrega de información completa a sus conciudadanos, sino el amasar una fortuna privada. Como estos hombres no suelen ser hombres cultos, ni estar particularmente preocupados por la suerte del Estado, ni ser capaces de comprender por el pasado cómo será el futuro, nunca asumirán un gran movimiento hasta que este se les imponga. Por el contrario, malgiviarán energía provocando falsas alarmas sobre asuntos insignificantes en los que se sienten seguros, e incluso utilizando sus instrumentos para dar publicidad a sus propias vidas insignificantes.