pagano, más antiguo, tolerante y muy desnaturalizado, donde tan a menudo tuvieron plenos derechos civiles y donde incluso manejaban, como manejan hoy, las finanzas de la comunidad.
En cuanto a la decadencia de la exclusividad por su parte, no veo indicios de ella.
Pues dicha exclusividad no procede tanto de una observancia particular que pueda relajarse en un período y endurecerse en otro, cuanto de una invariable tradición nacional que fluctúa en intensidad, pero nunca cae tan bajo como para poner en peligro la continuidad del pueblo.
Si pasamos de la argumentación a la observación, la falsedad de la teoría nos salta a la vista. No tenemos más que tomar un punto, aquel donde la metáfora del «crisol de razas» más se aplica (y al cual se aplicó originalmente), la ciudad de Nueva York. ¿Cuál ha sido el efecto de esta gran afluencia de judíos a Nueva York, de esta transformación de Nueva York en una ciudad un tercio judía ante nuestros ojos y en tan corto espacio de tiempo? Como todos sabemos, el efecto ha sido el surgimiento, en esa atmósfera otrora indiferente, de un sentimiento contra los judíos que nos asombraría si lo viéramos en el Viejo Mundo. Está al rojo vivo. Es una reacción intensa que se manifiesta con cada día mayor violencia; y el espíritu de esa reacción no puede expresarse mejor que con una frase que debemos, creo, al señor Ford y a su famosa propaganda contra los judíos, a través de su