He expuesto el Problema. Hay fricción entre las dos razas: los judíos en su diáspora y aquellos entre los cuales viven. Esta fricción se está volviendo aguda. Ha conducido invariablemente en el pasado (y por consiguiente puede conducir ahora) a las consecuencias más temibles, terribles para el judío pero malas también para nosotros.
Por lo tanto, el problema es inmediato, práctico y grave. Por lo tanto, una solución es imperativa.
Pero se me objetará —y de hecho se me objetará— desde el principio, negando que tal problema exista. Tal fue la actitud de todo nuestro pasado inmediato; tal es la actitud de muchos de los mejores hombres de hoy a ambos lados del abismo que separa a Israel de nuestro mundo.
Debo salir al paso de esta objeción antes de seguir adelante, pues si es fundada, si en verdad no existe problema alguno (salvo el que puedan crear la ignorancia o la malicia), entonces no se requiere ninguna solución. Todo lo que tenemos que hacer es iluminar a los ignorantes y reprimir a los maliciosos: a los ignorantes, que se imaginan que hay una nación judía extraña entre ellos; a los maliciosos, que tratan como si fueran extraños a hombres que son, de hecho, exactamente iguales a nosotros y conciudadanos normales.
No aludo aquí a la gran masa de convención, hipocresía y miedo que finge ignorar una verdad que conoce de sobra. Me refiero a la sincera convicción, aún presente en muchos —particularmente en los de la generación de más edad—, de que no existe ningún problema judío.