Ese extremo fue una locura casi universal en el pasado inmediato, especialmente en este país. Hoy ha sido abandonado por todos los de nuestra generación, salvo por unas pocas personas de tipo oficial, y estas no mantendrán por mucho tiempo una actitud pasada de moda y ya ridícula.
Pero el otro extremo queda por estudiar. Es, en nuestra sociedad, un fenómeno bastante reciente, aunque ha cobrado muchísima fuerza en los últimos años y está aumentando de manera alarmante.
Es el extremo del odio. Es el extremo manifestado por aquellos que no tienen más que un solo motivo en su actuación hacia la raza judía, y ese motivo es el mero deseo de su eliminación.
Implica que no es posible ninguna paz entre las dos razas; ninguna solución política razonada. No se basa en otra cosa que en el antagonismo. Ya es muy fuerte, y sus seguidores se creen en la víspera de una especie de torpe triunfo.
Cualquiera que desee abordar este grave asunto político de manera práctica, es decir, establecer una política permanente, se mostrará mucho más interesado en el extremo aquí examinado que en el otro extremo, que ignora el problema por completo.
Pues este nuevo extremo de odio activo está floreciendo; aquel otro extremo, más antiguo, ya no funciona.
El porvenir próximo tendrá que habérselas, en la política práctica, no sólo con el problema que presentan los judíos como un poder extraño dentro del Estado, sino (lo que probablemente resultará un asunto más difícil) con el antijudío, que reclama, y está logrando rápidamente, el poder por su parte. El tipo es tan viejo como el problema; tiene dos dos mil años. Pero mengua y crece. Su nombre moderno de «antisemita» es tan ridículo en