inevitablemente por la pendiente de tal tendencia en esos excesos que deberían ser nuestro único objetivo condenar, prever y prevenir.
No podéis continuar, como tantos hombres modernos parecen desear, a juzgar por su conversación, con la igualdad política por un lado y un espíritu vivo de enemistad por el otro.
No podéis alcanzar la paz dando una mera definición legal al estatus de una minoría, que es también necesariamente vuestro prójimo, y rechazando una acción social consonante con dicha definición legal.
Si tratáis de hacer eso, estáis intentando hacer dos cosas, una de las cuales destruirá a la otra. Nadie puede dudar de cuál resultará victoriosa en un conflicto entre un motivo vivo y consciente y una mera definición de derecho público.
Una actitud ante la cuestión que he escuchado con bastante frecuencia en boca de judíos y que he visto en sus escritos es algo parecido a esto:
«Nuestros asuntos no tienen nada que ver con las personas ajenas a nuestra nación. Este debate sobre lo que llamáis "el problema judío" es una impertinencia por vuestra parte. Sí que hay un problema judío, pero es un problema doméstico, y os pedimos (con cierta aspereza) que os ocupéis de vuestros propios asuntos».
Si esta actitud fuera acertada, la búsqueda de lo que he llamado una solución, aunque pudiera satisfacer a la inteligencia, constituiría una infracción de la moral cívica. De igual manera, constituiría una infracción de la moral cívica que yo elaborara una solución para la disputa entre el señor Jones y su suegra, a ninguno de los cuales he conocido jamás ni con los que tengo relación alguna, y que luego impusiera dicha solución a las partes contendientes.