cuando descubre por el gesto, el tono, la expresión de algún pobre inglés cualquiera, tal vez un escritor mercenario y avergonzado sin más, un claro sentimiento de superioridad? ¿No debe parecerle una mera insolencia? > «¿Qué derecho posible» (se dirá para sus adentros) «tiene este goi, y un goi pobre y fracasado para colmo, de tratarme como si yo fuera menos que él! ¡Yo, que valgo millones, que gobierno y hago lo que quiero con sus propios líderes nacionales, que dispongo de su Estado más o menos como elijo, y que pertenezco a esa nación que está por encima de todas las demás, el pueblo judío?» Por todas partes el judío descubre las consecuencias de este sentimiento, incluso aunque ese sentimiento sea para él tan incomprensible que apenas pueda admitir su existencia.
Pues, le guste o no admitirlo, está ahí. Puede que a judíos particulares se les adule por amor a su riqueza o debido al temor en que se encuentra una comunidad comercial. Aquellos judíos que confunden la palabra impresa actual que leen con las palabras habladas que nunca oyen pueden caer en el error de pensar que este sentido de superioridad por nuestra parte no existía. Se les debe advertir, si es que el problema ha de resolverse algún día, de que sí existe.
En el caso de ellos, exactamente igual que en el nuestro, solo se puede llegar a una solución justa mediante la franca admisión de que el sentimiento está ahí y con la firme certeza de que, ya sea dicho sentimiento una ilusión o represente una realidad, no va a cambiar; pero también mediante su represión en nuestras relaciones mutuas.
Podemos añadir a nuestro resumen de esta causa de perturbación, sutil pero profunda, la verdad adicional de que una paradoja de este tipo se