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CAPÍTULO XII NUESTRO DEBER

que lo hagamos, existe el peligro creciente de una ofensa mucho mayor contra la justicia. Por cualquier razón que se elude la discusión abierta, incluso por razón de caridad, no hacemos más aplazar el día fatídico, y la caridad así empleada puede compararse con la caridad que se niega a actuar en cualquier otro problema crítico de creciente gravedad. La caridad que duda en controlar los gastos de un derrochador, o en librar una guerra defensiva en una causa justa, o en defender a un oprimido a riesgo de pelearse con su opresor, es una caridad mal dirigida.

Pero, como he dicho, en la gran mayoría de los hombres que aducen este motivo, si tan solo examinaran su propia conciencia, se descubriría que el argumento es falso. Y la prueba de su falsedad se hará evidente cuando la convención decaiga.

Cuando ya no sea convencional evitar toda mención a los judíos, ¿cuántos permanecerán en silencio meramente por amor al prójimo? Uno podría ir más lejos y decir que, cuando la convención haya desaparecido, cualquier necesidad de este tipo de caridad desaparecerá con ella.

Hay una excepción, por supuesto, en el caso del hombre cuya animadversión hacia los judíos es tan violenta que teme perder el control si da rienda suelta a su lengua. Esa manía es excepcional; pero donde se presente, sin duda su víctima hará bien en guardar silencio.

Si un hombre no puede mencionar el alfabeto hebreo sin una mueca de desprecio, o la economía de Ricardo sin delatar su mal sentimiento hacia el linaje de Ricardo, entonces sin duda es mejor que calle cuando hay judíos presentes. Así también, un francés que arremete contra los ingleses haría mucho mejor en no debatir sobre la Constitución británica o el genio de Newton en ninguna sociedad donde pueda haber un inglés presente.

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