brazo a torcer para acercarse al judío, y la de negarse a ponernos en los zapatos del judío para comprender su posición en nuestra sociedad y su actitud hacia ella. Es un defecto universal, tan común en aquellos que se relacionan a diario con los judíos, viven de ellos y les hacen la rosca, como en aquellos que se mantienen al margen. A nadie de nuestro bando que deba lidiar con el problema judío parece ocurrírsele jamás hacer el esfuerzo imaginativo requerido. Y sin embargo, tenemos el paralelismo al alcance de la mano. El judío siente entre nosotros, solo que con mucha mayor intensidad, lo que sentimos nosotros cuando residimos en un país extranjero: una sensación de exilio, una sensación de irritación contra las cosas ajenas simplemente por ser ajenas; un gran deseo de compañía y de comprensión, pero una gran indiferencia ante el destino de aquellos entre quienes se encuentra; un apego acrecentado, no ciertamente a su hogar territorial, pues no lo tiene, sino a su nación. Si pudiéramos tener presente ese paralelismo de manera continua, la fricción por nuestra parte se vería enormemente mitigada.
Hay muchas sociedades judías que no desean otra cosa que recibir ocasionalmente discursos de no judíos. Esos discursos se imparten, esas sociedades son visitadas, pero ni conde cerca tanto como debieran.
Existe una gran literatura judía —me refiero a una gran masa de libros que tratan especialmente de la posición del judío desde el punto de vista del propio judío—. No se lee ni se conoce.
Se me podrá decir que la culpa de todo esto es en gran medida de los mismos judíos debido a su uso del secretismo. No creo que la objeción sea válida.
A pesar de todo su uso del secretismo, el judío está ahí presente entre nosotros para que nos acerquemos a él, si queremos, y lo entendamos lo mejor posible. Y digo que ese acercamiento no se produce.